Juan Carlos Tacoronte: Un tropiezo lo tiene cualquiera

Cayó aquel desparpajo del cielo envuelto en un paño de fuego que vino a iluminar la cúpula que cubría la tierra en aquella parte. Coralia, la niña ciega iba por el quinto misterio cuando se oyó el taponazo. se le cayó el rosario y como era de vidrio se le quedaron las cuentas regadas por todo el piso. La niña ciega se puso de pie, como sonámbula, dio pasos arrastrando los pies hasta llegar a la puerta, tenía los brazos caídos y no hizo por abrirla. Sobre la cabeza de la niña, las tejas dejaban que se entrometieran aquellos halos de luz, igualitos a los que se pintan sobre los santos y los mártires de la iglesia.

Se ve que el cerote dejó a los hombres de la casa sembrados en el sitio, parecían como estatuas de sal pero sin mirar por dónde habían venido. Fue Eduviges Almenara, encargada de la finca, la primera en levantarse y recomponer todo aquel desbarajuste de sillas caídas y repisas descolgadas. Se vació la alacena de toda la loza y los vasos se hicieron fiscos. Después de recoger, se acercó a la puerta. Agarró a la niña que ya volvía en sí y desatrancó la puerta, se quedaron en el quicio mirando lo que tenían por delante. Afuera una luz incandescente iluminaba aquella oscuridad que a lo lejos parecía que el horizonte ardía por los bordes, quedándose tiznado por donde suele echarse el dichoso sol.

Se aventaron al patio y pegaron a caminar por el llano y lo sembrado. Las matas y las ramas de los árboles tenían en sus gajos las hojas enfurruñadas. La tierra soltaba aquella calentura humeante que ensordece el barullo de las bestias en los corrales. La vieja y la niña pegaron a caminar por los alrededores. Eduviges iba tasando con la mirada el estropicio que tenía por delante. La niña se agarraba del brazo de su madrina como si fuerauna lapa del risco. la tierra parecía un Corpus cristi de fruta verde y madura caída tan de golpe. Por detrás los pasiles se levantaba una columna de humo.

Se llegaron allí dando una vuelta mayor, pasando por donde cayó muerto dos veces el hijo del dueño de casi todo. Desde aquella altura vieron aquel boquete y en él a un viejo con las barbas plateadas y un brillor en la cabeza. Eduviges casi se rompe la quijada, de tanto que abrió la boca. A la niña le dio por orinarse y reírse al mismo tiempo. Allí mismo delante de ellas en medio de relumbrones y otras maravillas estaba Dios mismo caído a la tierra, nadie sabe cómo. Eduviges recuperada dio un salto desde la pared y se quedó de rodillas como si rezara. La niña desde la altura no paraba de reírse y orinarse. Dios panza arriba pidió ayuda a la vieja para recobrar la compostura. Allí se puso la vieja a levantar aquel fulgor incandescente, aquel dios caído y lo sentó en una de las piedras que salieron de aquel agujero. Dios había tropezado con tanta mala suerte que vino a dar con su cuerpo divino a la tierra divina que él mismo había creado. A Eduviges le faltó tiempo en traerle su agüita guisada, para las matazones que llevaba en las rodillas, le dio vino de moras. Todo lo que hiciera falta para restablecer aquel Dios tropezado.

Después todos estos menesteres y ya recompuesto Dios con su manto y sus brillores, la cosa fue vista y no vista. Como si se levantara un remolino del demonio, se volvió a poner todo como de antes estaba, ni rastro del dichoso boquete. Aquel fulgor se extinguió en el intre. La vieja recogió a la niña que seguía con aquellas risas pero gracias a dios ya no se orinaba encima. El desaguisado se quedó por todos los alrededores por donde Dios y su manto habían pasado. Las dos llegaron a la casa y no dijeron ni media de aquel encuentro, total para qué. Nadie iba a creer nada.

Un mundo raro, un cuento chiquito.

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