Juan Carlos Tacoronte: La Vida increible.

Doña Agustina Antúnez de Balboa tenía posibles y una belleza extraña. Había heredado de su padre, don Augusto Antúnez una fortuna bastante rentable. Ésta la había hecho de tosedor profesional y aplaudidor de primera fila en los teatros más importantes, auditorios nacionales y del extranjero. Sus dotes como aplaudidor no tenían comparación. Todo el mundo reconocía su virtuosismo tosiendo y haciendo la cla.

Llegó don Agustín a montar compañía por no decir que hasta una escuela de estilo para este oficio tan peregrino. Eran hasta contratados los que hacían el trabajo de aplaudidores en los teatros de poca monta, algunos dineros alcanzaban, aunque a los que despuntaban, se los llevaban a paraíso y gallinero con terno y hasta zapatos nuevos, eso sí siempre en los teatros más importantes.

Les enseñaba el arte del carraspeo, la tos de pecho estentórea, la acompasada allegro ma non troppoy las mañas del aplauso entusiasta y el bravo en do mayor. También es verdad que los aplausos de don Agustín eran enérgicos, entusiastas a la vez que contagiosos.

Así poco a poco y trabajando mucho logró amasar cierta cantidad de caudales que supo con mucho atino invertir en ingenios de azúcar y destilerías de líquido espirituoso. También compró a ciegas un potosí de guano que hasta hace muy poco daba sus pingues beneficios.

Ahora la hija de tan ilustre tosedor, doña Agustina se dedicaba a la filantropía, al abrazo terapéutico y al espiritismo. En las largas noches de insomnio

practicaba la hermenéutica apócrifa y practica lla oratoria de lenguas muertas con una bibliotecaria de Alejandría que conoció en un crucero por el Báltico.

Siempre estaba de buen humor y llevaba muy bien sus rarezas selváticas. Una vez se tropezó con una barandilla en el mirador de La Cumbre chica, sus vestidos vaporosos y su gran pamela a juego la hicieron planear hasta que desapareció en el horizonte. Todos los testigos afirman que lo más insólito fue ver a doña Agustina Antúnez de Balboa reírse a mandíbula batiente a la vez que agitaba las alas como un Tucán. Esto se cuenta y no se cree.

Un mundo raro, un cuento chiquito.

            Juan Carlos Tacoronte. Narrador oral.
                        El chivo expiatorio
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