Juan Carlos Tacoronte: El chivo expiatorio.

Deogracio Rancel, cura en la parroquia del Valle, traía sobre los hombros retorciendo el pescuezo, pero bien amarrado con soga de trapo viejo , a un demonio con cuernos y rabo. Lo había encontrado en el cruce de los cuatro rumbos y encadenó aquella criatura del Averno a a el único árbol que daba sombra en la plaza, para que todo el mundo lo viera . Y no era para tanto la maldad de aquel tormento rabudo, se le veía viejo y cansado.Todo el mundo iba a mirarlo y a decirle de lo último.Las beatas hacían a su corrillos para escupirle y los niños de los colegios venían de otros municipios a darle con varas en los tobillos. En nombre de Dios lo apedreaban todos los domingos y dicen que hasta la hija de doñaTeodora Bello dejó dinero pago para que los sábados por la tarde le dieran palizas y vergastazos los margallotes del pueblo.Aquella orgía tan popular y cristiana fue en aumento, Se ve que aquel demonio no tuvo mucho aguante ,era muy sentido, la mayor parte se la pasaba con aquella llantina rasposa y los mocos colgando como dos cirios que le salían de las fosas peludas de sus narices. Una noche vino un relente de la cumbre, ese viento helado como filo de cuchillo lo envolcó y lo dejó màs tieso que palo de Gamona. Como ya todo el mundo se había acostumbrado a dar rienda suelta a sus rencores, ahora no tenían chivo expiatorio con el que descargar tanta bilis. Toda la vecindad empezó a mirarse de reojo, a mascullar entre dientes y a odiarse de la mejor manera. Adelita que leía más de la cuenta, dijo entre dientes que ni son tan largo los cuernos del demonio ni tan puro el manto de la virgen. Esto se cuenta y no se cree.

Un mundo raro, un cuento chiquito.

                Juan Carlos Tacoronte. Narrador oral.
                        El chivo expiatorio
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